Brasil, el gigante feliz (BRIC I)

Hace algunos años que oímos hablar de los países emergentes, y entre ellos, un grupo de cuatro denominados BRIC (Brasil, Rusia, China e India) que se sitúan como los que más potencial tienen dado su tamaño, población y margen de crecimiento.

 

Brasil, el país más grande de Latinoamérica, representa el futuro de la región. A su sombra, el resto de países de la zona se han convertido en foco de referencia económico mundial para los próximos años. Una región históricamente inestable en su situación política que en los últimos tiempos ha encontrado un camino de mayor prosperidad centrándose en sus propias virtudes y alejándose de la ortodoxia económica liberal representada por las grandes instituciones financieras y económicas mundiales como el FMI o el Banco Mundial.

Y es que Brasil, impulsado por el carisma e impulso renovador de su ex presidente Lula da Silva, comenzó hace 10 años un periodo de rápido crecimiento y reformas que han llevado al país al liderazgo del continente latinoamericano y a crear un sociedad en buena parte alejada de la endémica pobreza que afectó a gran parte de la población durante décadas. En estos años, son millones los ciudadanos brasileños que han pasado a formar parte de una clase media antes casi inexistente. Se han reducido las desigualdades sociales, y se ha facilitado el acceso a la educación y servicios públicos para gran parte de la muy creciente población, sobre todo urbana. Destaca entre sus urbes la ciudad de Sao Paulo que es hoy la sexta mayor ciudad del mundo, y la décima en PIB.

 

Da Silva, que hoy todavía conserva una gran popularidad no solo entre los brasileños de la clase media y baja (no tanto entre la clase pudiente), sino también entre los dirigentes de la región, abrió la economía de Brasil a la liberalización de los mercados, la atracción de capitales e inversores extranjeros y el fomento del consumo interno gracias al mejoramiento del nivel de vida y capacidad adquisitiva de buena parte de los casi 200 millones de brasileños.

 

Las principales fuentes de riqueza de las que dispone el estado no son pocas, y no difieren de las que en su mayoría explotan otras economías latinoamericanas, los recursos naturales. El mayor porcentaje lo representa el petróleo, sobre todo tras el descubrimiento de los campos petrolíferos de Tupí y Carioca en el Atlántico en 2007 y 2008 por parte de la compañía nacional Petrobras, hoy la mayor empresa de Latinoamérica y la séptima compañía energética del mundo. Además es el segundo productor de etanol, y explota otros recursos como plata, oro, gas natural, diamantes o hierro. Es también el primer productor de café y es una potencia ganadera con la mayor cabaña bovina del mundo.

 

Por lo tanto, podemos decir que el crecimiento brasileño de los últimos años se ha sostenido y se sostiene en cuatro elementos principales:

 

  1. la estabilidad política
  2. la estabilidad de sus indicadores macroeconómicos
  3. el consumo interno impulsado por políticas expansivas de gasto público
  4. y la atracción de inversión exterior sobre todo enfocada a la construcción de infraestructuras  

 

Sin embargo, todos estos esfuerzos no se han plasmado en un crecimiento sostenido y equilibrado en el tiempo, y la actual crisis financiera internacional ha puesto de manifiesto algunas debilidades en su modelo de progreso. De un espectacular crecimiento del 7,5 % en el 2010, este año las expectativas se sitúan entre un 2 y un 2,5% para los más optimistas. Y es que según muchos analistas el enfriamiento de la economía brasileña se deba a tres factores fundamentales: el primero, la ya citada crisis internacional que está golpeando especialmente a Europa que es uno de sus principales mercados; el segundo, la resaca esperada después de un periodo de algo más de un lustro de fuerte expansión; y la tercera, los problemas sistémicos y estructurales de los que adolece toda economía joven en periodo de maduración, y que no se han resuelto en el caso de Brasil.

Y es que en el impulso de su economía ha tenido una relevante importancia la expansión del crédito, que ha llevado a un aumento de la demanda y la producción, pero también a un sobreendeudamiento de la población, en muchos casos por encima de sus posibilidades de pago, que han resultado en unas altas tasas de morosidad que ahora suponen una restricción de liquidez.

Además, su principal socio comercial, China, a quien vende gran parte de sus recursos naturales y de cuya demanda tiene gran dependencia, ha sufrido igualmente una desaceleración en su crecimiento en los dos últimos años. A ello se le suma el aumento de los precios de las materias primas y la caída de la demanda mundial.

 

Citábamos anteriormente la estabilidad macroeconómica como una de las razones de su expansión, y si bien esto es cierto, los problemas estructurales no atajados han llevado a que algunos de los indicadores se hayan situado en unas cifras que añaden otro impedimento a la hora de retomar la senda del crecimiento estable y sostenido. Citemos dos.

La inflación se sitúa oficialmente en un 6%, si bien el dato oficioso (y real) es muy superior y se sitúa ampliamente por encima del 10% (baste citar que el precio del m2 en el centro de Sao Paulo está por encima del de Manhattan). Este hecho ha llevado al Banco Central a subir los tipos de interés del 7,5 al 8% para intentar frenar el excesivo aumento de precios y evitar el retorno de un mal endémico de la economía brasileña (la inflación se mantuvo en valores de tres cifras durante décadas antes del llamado Plan Real puesto en marcha a mediados de los 90).

Por otro lado, la tasa de inversión de Brasil se situó en una media del 18% de su PIB, cuando en el resto de los BRICs esta cifra es mayor; llegando a un 50% en el caso chino. Y es que la tasa de inversión es un indicador importante de la marcha de una economía emergente que Brasil parece haber subestimado.

 

No solo son problemas de carácter económico los que lastran la expansión. A pesar de los ambiciosos planes millonarios de la presidenta Rousseff de atraer inversión para la construcción de infraestructuras y todos los equipamientos necesarios para las próximas celebraciones de los Juegos Olímpicos y el Mundial de fútbol, la maraña burocrática y la corrupción han ralentizado su ejecución. La presencia del Estado en la economía sigue siendo muy pesada. La liberalización y privatización de sectores estratégicos, dejando en manos públicas las políticas sociales incluida la sanidad básica, que han sacado de la pobreza a millones de brasileños, y la educación, que ha alcanzado cotas de referencia situando a las universidades entre las mejores de Latinoamérica, sería una buena solución. Así, en boca del presidente del Banco Central, el nuevo paradigma del crecimiento en Brasil será ”Inversión y educación”.

 

A pesar de todo ello, y de la duda que genera entre los economistas tradicionales una economía que se sitúa a medio camino entre los métodos intervencionista y estatalista practicado por algunos de sus vecinos como Argentina y Venezuela y el modelo de mercado liberal seguido por México (estando más cerca del primero que del segundo), es probable que Brasil abandone esta posición muchas veces más populista que efectiva y tome una senda más ortodoxa. Además, la cantidad y calidad de sus recursos y la fortaleza de los avances hasta ahora conseguidos, sumados a la esperada recuperación de la economía mundial llevan a pensar que la llegada de Brasil al top cinco de las potencias mundiales es solo cuestión de tiempo.

 

Una cosa es segura, según las últimas encuestas (Gallup 2011); Brasil es uno de los países en los que la población se declara más feliz por delante de varios países occidentales, y un porcentaje mayoritario de los brasileños nunca abandonarían su país para emigrar a otro.

 

(Pablo José Martínez Rojo)

 

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